La niña que no hablaba
Es muy expresiva. Reclama, protesta, pide, busca al adulto, muestra lo que quiere. Lo consigue, sobre todo, chillando, haciendo sonidos o actuando antes de esperar. También sigue utilizando el chupete, que le ayuda a calmarse.
La conozco desde que era muy pequeña. Al principio, mi mirada estaba especialmente puesta en su cuerpo: el tono, la postura, cómo se movía, cómo utilizaba un lado y otro. Con el tiempo, algunas cosas han evolucionado mejor de lo que esperaba y otras más despacio.
En una de las revisiones médicas, la familia recibió varias recomendaciones: valorar logopedia porque todavía no decía palabras; quizá psicología por su comportamiento; y terapia ocupacional para favorecer su autonomía en las actividades cotidianas.
La familia llegó a mi sesión con todo aquello encima.
Y era comprensible. Cuando una familia lleva tiempo conviviendo con un diagnóstico, con revisiones, tratamientos y preocupaciones, cada nueva recomendación puede sentirse como una tarea más que hay que incorporar a una vida que ya está llena.
Lo que parece obvio
Cuando un niño no habla, es fácil pensar inmediatamente en lenguaje.
Si grita, pensamos en conducta.
Si necesita ayuda para hacer cosas, pensamos en autonomía.
Y así, casi sin darnos cuenta, podemos empezar a repartir al niño entre disciplinas.
Pero esta niña sí se comunica. Muchísimo. Lo que todavía no tiene son palabras.
Y esa diferencia es importante.
«No hablar no siempre significa que haga falta un logopeda.»
Porque antes de preguntarnos qué profesional debe intervenir, necesitamos preguntarnos qué está ocurriendo realmente con ese niño y qué necesita en este momento.
Ella ha encontrado formas muy eficaces de conseguir lo que quiere: gritar, emitir sonidos, adelantarse, actuar. No necesita esperar demasiado porque muchas veces el adulto ya ha aprendido a entenderla. No necesita buscar otra forma de pedir porque la que utiliza funciona. Y todavía necesita el chupete como una forma de regulación.
Por eso, el objetivo no podía reducirse a conseguir que pronunciara palabras. Había otras cosas que necesitaban evolucionar alrededor de ese lenguaje: poder esperar, tolerar pequeñas frustraciones, encontrar otras formas de pedir, regularse sin recurrir siempre al chupete y ampliar poco a poco sus posibilidades de interacción.
El lenguaje no aparece aislado del resto del desarrollo.
Y eso no significa que la logopedia no sea necesaria. Significa que el momento, la forma y el papel que tendrá cada disciplina tienen que decidirse mirando al niño entero.
Tres maneras de ser un equipo
Un equipo no se define por cuántas disciplinas tiene, sino por cómo consiguen mirar juntas al niño.
Se habla mucho de equipos multidisciplinares, interdisciplinares y transdisciplinares. Son conceptos diferentes, aunque en la práctica a veces se mezclen.
- Multidisciplinar — varias disciplinas trabajan en paralelo. Cada profesional observa e interviene principalmente desde su propio ámbito, y las diferentes aportaciones se van sumando.
- Interdisciplinar — las disciplinas trabajan en colaboración real. Se comparten valoraciones, preocupaciones y objetivos, y las decisiones se construyen entre los profesionales. Puede existir un profesional de referencia que sostenga el caso y cuente con el asesoramiento continuado del resto del equipo.
- Transdisciplinar — la colaboración va todavía más allá. Los conocimientos y determinadas estrategias de unas disciplinas pueden incorporarse al trabajo de otras, y los límites de los roles profesionales se hacen más permeables.
En nuestro equipo trabajamos desde un modelo interdisciplinar, con un profesional de referencia que sostiene el caso y con el resto del equipo acompañando, aportando y revisando las decisiones.
La diferencia no está solamente en cómo organizamos las reuniones. Se nota en cómo miramos al niño. En un modelo que fragmenta, es fácil que aparezca el cuerpo por un lado, el lenguaje por otro, la conducta por otro y la autonomía por otro. Pero un niño no vive su cuerpo, su comunicación, su conducta y su autonomía por separado.
«En un buen equipo, ninguna disciplina necesita ser la más importante. Lo importante es saber que ninguna mirada es suficiente por sí sola.»
Cuando desde el primer momento se prevé una complejidad importante —un síndrome grave, una lesión con muchas complicaciones—, la acogida la hacemos conjuntamente. Dos profesionales escuchando a la vez a esa familia desde el primer día. Así, cuando llegue el momento de que la segunda intervenga, no tendrá que empezar a conocer al niño desde cero.
Con esta niña no fue así. Al principio no se preveía esa complejidad, y durante mucho tiempo he sostenido yo sola el caso.
La logopeda aparece más tarde, cuando surge la pregunta.
Y ahí es donde el equipo hace su trabajo. No me quedo yo decidiendo a solas si esta niña necesita logopedia y cuándo. Lo hablamos: ella aporta su mirada, yo aporto lo que conozco de la niña y de su familia, y decidimos juntas la forma y el momento.
Eso también es trabajar en equipo.
Y hay algo más que para mí resulta imprescindible. En las sesiones clínicas tenemos que poder decir en voz alta lo que nos preocupa. Incluso cuando no estamos seguros. Incluso cuando pensamos que quizá estamos equivocándonos.
Un equipo en el que nadie puede dudar delante de los demás acaba tomando peores decisiones, aunque todas las disciplinas estén representadas.
Cuándo cambia el referente
Los niños cambian. Y sus necesidades también. Lo que era prioritario cuando son muy pequeños puede dejar de serlo unos años después.
Por eso un equipo no solo tiene que decidir cuándo incorporar una nueva disciplina. También tiene que saber cuándo compartir más un caso o cuándo cambiar quién lo sostiene como profesional de referencia.
- Que el profesional que todavía no interviene directamente pueda observar y valorar dentro de las propias sesiones, sin añadir inicialmente más desplazamientos a la familia.
- Decidir con la familia, no solamente informarla: conocer qué puede sostener en ese momento y qué nos está pidiendo.
- Decidir cuándo existe una necesidad real de incorporar una intervención y cuándo todavía es mejor esperar.
- Valorar cuándo es el momento adecuado para que otro profesional asuma mayor protagonismo o incluso el papel de referente.
Y hay algo que considero fundamental: una recomendación externa no se convierte automáticamente en una decisión terapéutica.
La escuchamos. La valoramos. La contrastamos con lo que conocemos del niño y de su familia. Y decidimos junto con esa familia.
No porque sepamos más que quien hizo la recomendación, sino porque nosotros también tenemos información que forma parte de la decisión.
Y esto funciona igual en la otra dirección. Una familia puede pedir. Y cuando pide, esa demanda pesa: no es un ruido que haya que gestionar, es información sobre dónde está esa familia y sobre lo que puede sostener ahora.
Lo que nos corresponde entonces no es contestar sí o no. Es darles el razonamiento: por qué ahora sí, o por qué ahora todavía no, y qué tendría que ocurrir para que sí.
Una familia puede aceptar perfectamente que se espere. Lo que no tiene por qué aceptar es que se espere sin que nadie le explique por qué.
Y si insiste, escuchamos sus razones. Porque a veces en esas razones hay algo que nosotros no habíamos visto.
Menos no siempre es menos
El hospital puede ver a una niña durante una consulta y nosotros podemos verla cada semana. Son miradas diferentes, y ninguna sustituye a la otra: el hospital aporta algo que nosotros no tenemos, y nosotros conocemos aspectos cotidianos de la niña y de su familia que no caben en una consulta de unos minutos. Cuando esas dos miradas se encuentran, la decisión es mucho mejor.
Y hay otra realidad que tampoco podemos olvidar: una familia tiene un límite. Horarios, desplazamientos, trabajo, hermanos, colegio, citas, tratamientos. Y sostener emocionalmente todo lo que está viviendo.
Por eso, incorporar una nueva terapia no siempre significa ayudar más. A veces significa añadir otra obligación a una familia que ya no puede sostenerla.
«Menos terapias no significa necesariamente menos atención. A veces significa una atención mejor ordenada.»
Con esta niña lo hablamos con su familia, y decidimos con ellos que en ese momento no se trataba simplemente de añadir una terapia más.
Pero esperar no era no hacer nada. Esperar era el plan.
Seguimos trabajando sobre aquello que podía favorecer su desarrollo y su comunicación: ampliar sus formas de pedir, aprender a esperar, tolerar pequeñas frustraciones, reducir progresivamente la dependencia del chupete y encontrar otras maneras de regularse y hacerse entender.
La logopeda no quedaba fuera de esa decisión, y la decisión tampoco quedaba cerrada. Se revisa. Si la niña avanza como esperamos, o si su familia nos dice que ahora sí, el momento habrá llegado.
Y ese momento llegaría.
Lo que cuesta soltar
De esto se habla poco entre profesionales. Compartir un caso es una cosa. Hacer una derivación interna, y dejar que otro compañero lo sostenga, es otra. Y eso puede doler.
Cuando llevas a un niño desde que era muy pequeño, lo has visto crecer. Has conocido a su familia. Has compartido preocupaciones, pequeños avances y momentos difíciles.
Has construido un vínculo.
Y llega un momento en que tienes que reconocer que quizá ya no eres tú quien debe seguir sosteniendo el caso como antes.
No porque hayas hecho algo mal.
No porque otro profesional sea mejor que tú.
Sino porque las necesidades del niño han cambiado.
«Una derivación interna, aunque sea lo correcto, siempre duele un poco.»
Creo que también forma parte de nuestra profesión aprender a distinguir entre lo que nosotros queremos para un niño y lo que realmente necesita.
Porque a veces queremos seguir. Porque conocemos a la familia. Porque ese niño nos cae bien. Porque hemos construido con ellos una relación de confianza que ha costado años. Porque sentimos que todavía podemos aportar. Porque nos cuesta imaginar que otro profesional ocupe el lugar que durante tanto tiempo ha sido nuestro.
Nada de eso es reprochable. Son, en buena medida, las razones por las que hacemos bien este trabajo.
El problema no es sentirlo. El problema es que decida.
Porque el caso no nos pertenece. Y el vínculo tampoco.
El vínculo está para hacer posible el trabajo, no para convertirse en la razón por la que retrasamos un cambio que el niño necesita.
Y no se trata de desconfiar del compañero al que derivamos. Al contrario: cuando la relación dentro del equipo es buena y está cuidada, este paso —que sigue siendo duro y sigue siendo personal— se hace mucho mejor, porque llega elaborado y no improvisado.
Y también al revés
Hay otra situación de la que se habla todavía menos. Y me parece igual de importante.
A veces queremos derivar un caso, y la razón no está en el niño.
Está en nosotros.
Hay casos que se nos hacen cuesta arriba. Familias con las que no acabamos de encontrarnos. Niños que no evolucionan como esperábamos y que nos devuelven, sesión tras sesión, la sensación de no estar sirviendo de mucho.
Y entonces aparece la idea de derivar, acompañada de un razonamiento impecable: será mejor para él, otro profesional lo hará mejor, quizá desde otra disciplina avance más.
A veces es verdad.
Y a veces no. A veces lo que ocurre es que queremos soltar ese caso porque nos está costando algo que todavía no hemos mirado de frente.
Si no lo elaboramos antes, podemos acabar haciendo una derivación que no tocaba, convencidos de que era por el bien del niño y de su familia, y descubrir más tarde que el problema no era suyo.
Era nuestro.
«Las dos cosas nos pasan: retener lo que habría que soltar, y soltar lo que habría que sostener.»
Y las dos tienen el mismo origen: una decisión clínica tomada desde algo personal que no habíamos mirado.
Por eso ninguna de las dos se resuelve con buena voluntad. Se resuelven no decidiendo en soledad.
Para eso están las sesiones clínicas. Y para eso está, sobre todo, la supervisión.
Un supervisor externo no viene a decirnos lo que tenemos que hacer. Viene a ayudarnos a mirar el caso desde otro sitio y a sostener la pregunta que a solas no siempre nos hacemos:
«Esto que quiero hacer con este niño, ¿es lo que él necesita o es lo que necesito yo?»
No es una pregunta cómoda. Creo que es una de las más profesionales que existen.
Con esta niña, de momento, sigo siendo yo la profesional de referencia. No sé durante cuánto tiempo más.
Y quizá, cuando llegue el momento de cambiarlo, sea precisamente yo quien más necesite que el equipo me ayude a verlo.
Porque esa es otra de las razones por las que necesitamos un equipo. No solo para saber más. También para que nuestras preferencias, nuestros vínculos y nuestras propias certezas no sean quienes decidan por nosotros.
Lo que he aprendido
Quizá trabajar en equipo sea, sobre todo, aprender a no decidir desde nosotros.
No desde la disciplina que representamos.
No desde lo que sabemos hacer.
No desde lo que nos gustaría conseguir.
Y tampoco desde lo que nos cuesta dejar.
Sino desde una pregunta mucho más sencilla:
«¿Qué necesita este niño ahora?»
A veces la respuesta será incorporar a otro profesional. A veces será compartir el caso. A veces será cambiar el referente. Y otras veces será esperar.
No siempre es fácil saber cuál de las cuatro es la correcta.
Por eso necesitamos a los demás.
Porque un equipo no está para repartir al niño entre profesionales. Está para que entre todos podamos verlo un poco mejor.
Y para recordar algo que, con los años, he aprendido a no olvidar: el niño no necesita que gane nuestra disciplina. Necesita que acertemos con él.