El pasillo del hospital
Hace muchos años. Un niño con un síndrome poco frecuente, su madre, y una visita al neurólogo a la que llegué cinco minutos antes.
Llegué cinco minutos antes de la hora.
Había pedido permiso al equipo para poder ir. Había anulado las sesiones de aquella mañana en el centro. Había cogido el transporte público y había dedicado media mañana a llegar hasta allí. Iba a acompañar a una madre y a su hijo a la consulta del neurólogo, en el hospital de referencia.
Cuando llegué, la puerta de la consulta se abrió y salieron ellos.
—Ah, ¿ya habéis entrado? —pregunté.
—Sí, como nos han llamado antes, hemos entrado.
No me habían esperado. Ella no le pidió al médico que aguardara unos minutos porque yo estaba de camino. Simplemente, entraron.
Me quedé parada en el pasillo, sin saber qué decir.
El niño que no entendía
Yo era muy joven. Quería hacerlo bien, me formaba, leía, intentaba estar al día. Y atendía a aquel niño lo mejor que sabía.
Tenía un síndrome poco frecuente y muchísimas dificultades. Lloraba mucho. Era muy irritable, vomitaba, dormía muy mal y llegaba casi siempre agotado e irritado a las sesiones.
Y a mí me costaba. De entrada, me costaba, porque no le entendía.
Su madre llegaba siempre tarde. Y en muchas sesiones me hablaba de que iba a buscar a un profesional privado.
Dar de más
Un día, su madre me explicó que tenían visita con el neurólogo.
Solo me lo explicó. Pero en cómo me lo contó, yo entendí que le vendría bien que yo estuviera allí. Que yo podría explicarle al neurólogo las cosas que veía de su hijo. Y me ofrecí a acompañarlos.
Ella no me lo había pedido. Me lo insinuó, o a mí me lo pareció, y yo lo tomé como una propuesta.
Y me sentí muy valorada. Aquella madre, que llegaba siempre tarde y que me hablaba de buscar a otro profesional, por fin contaba conmigo. Eso fue lo que sentí. Tardé mucho tiempo en comprender que no era exactamente eso. No era que ella me valorara: era lo que yo necesitaba sentir.
A partir de ahí lo moví todo. El permiso del equipo, las sesiones anuladas, el transporte, la media mañana. Todo para llegar a una visita en la que, como vi después, nadie me estaba esperando.
Ella no lo hizo con ninguna mala intención. Estoy convencida. Para ella, que yo fuera estaba bien, y que no fuera también. Podían hacerlo sin mí.
El problema no estaba en lo que hizo ella. Estaba en todo lo que yo había puesto en aquella visita.
«¿Por qué lloras?»
Volví al centro muy afectada. Me había sentido ninguneada, y no entendía por qué me dolía tanto.
En la reunión de equipo quise explicarlo. Y me puse a llorar.
Una de mis compañeras, una de las psicólogas del equipo, a la que aprecio y a la que le agradezco muchísimo lo que hizo aquel día, no me consoló ni me dio la razón. Me hizo una pregunta.
Me preguntó por qué lloraba.
Y ahí me lo pregunté yo por primera vez. Es verdad: ¿por qué estoy llorando? ¿Por qué me afecta tanto esto que me ha hecho esta madre?
Después vino la otra pregunta: por qué creía yo que tenía que acompañarlos, si la demanda de aquella madre no estaba nada clara.
Aquello me hizo pensar muchísimo. Quizá me había anticipado. Me había invitado yo sola. Me había ofrecido sin que nadie me lo pidiera y lo había movilizado todo por una insinuación.
Lo que tapaba
Con aquel caso descubrí algo que me dolió mucho descubrir.
Aquel niño y aquella familia me despertaban una falta de empatía que yo no quería ver. Y la tapaba dando más de lo que me correspondía.
«Tapaba la falta de empatía que me despertaba aquel caso dando más de lo que me correspondía.»
Uno pensaría que, cuando un caso te cuesta, le das menos. A mí me pasaba al revés. Hacía cosas para ganarme la confianza de aquella madre, para que me quisiera, para que me mostrara su afecto, para que me reconociera y me aceptara. Y esas cosas estaban desajustadas.
Muchas veces, como profesional, no estás a la misma altura que la familia. Quizá necesitas de esa relación algo que ellos no están en condiciones de ofrecerte: porque no pueden, o porque no quieren. Y si no te das cuenta, puedes acabar trabajando para cubrir esa necesidad tuya, y no la del niño.
Liberada
Con el tiempo, aquel niño pasó pronto a una escuela de educación especial.
Y lo reconozco: me sentí muy liberada. Como si me quitaran una carga de encima. No es bonito decirlo, pero es verdad.
Aun así, probablemente fue el caso que más me enseñó. Sobre todo, sobre cómo situarme frente a una familia que me estaba dando señales de que no me consideraba como profesional, de que no aceptaba mis sugerencias, de que mi palabra no tenía valor para ellos.
Eso duele a cualquier profesional. Pero he aprendido que lo importante es detectarlo, reconocerlo y hablarlo en equipo, para que tus compañeros te ayuden a ver qué estás poniendo de más.
Mirar hacia dentro
Poco después de aquellos años, cuando sentía que algunas de mis intervenciones no funcionaban, busqué desesperadamente una formación que me aportara conocimiento y reflexión sobre lo que le pasa a uno cuando ayuda a otros. La encontré en la psicomotricidad relacional. Buscaba justamente eso: una forma de intervenir que me obligara a conocerme más, a mirar hacia dentro, para poder saber cómo estaba yo con el niño, con la familia y con mis compañeros.
No creo que fuera casual. Las formaciones que una va eligiendo a lo largo de los años no son cualquier cosa. Creo que tienen que buscar también eso: resolver el dolor que te produce sostener una responsabilidad así. No todos los trabajos son iguales. Ser terapeuta, ser responsable de ayudar a otro, implica mucho de ti. Por eso la formación tampoco puede ser cualquier cosa.
De esa formación, y de todo lo que me cambió, hablaré en el próximo capítulo.
Cuando eres joven tienes la sensación de que tienes que llegar a todo. Con los años, con el trabajo en equipo, con la formación y con mucha reflexión, fui dándome cuenta de que no todo depende de mí. De que es muy importante saber dónde estoy yo, dónde está el niño y dónde está la familia. Y qué puedo aportar yo, sin dar más de lo que la familia me pide ni más de lo que necesita.
Mis compañeras psicólogas me ayudaron a entender algo que hoy me parece esencial: como profesional, tengo que filtrar muy bien qué es mío, qué es del caso y qué es de la terapia.
«Tengo que filtrar muy bien qué es mío y qué es del caso.»
Por eso creo que quienes nos dedicamos a ayudar a otros necesitamos una formación personal. Una base para conocernos un poco a nosotros mismos, para saber qué es nuestro y qué es de los demás. Y para no trasladar a los niños y a sus familias, sin darnos cuenta, cosas que nos remueven a nosotros y de las que ellos no tienen ninguna culpa.
Hoy intento preguntarme siempre lo mismo: ¿qué me está pidiendo realmente esta familia? No lo que yo quiero darle. Lo que ella me pide.
Y a veces toca aceptar algo más difícil: que hay familias que no nos piden nada. Que vienen por compromiso, sin una demanda clara de que queramos ayudarles. Yo he aprendido a leerlo en cosas pequeñas: faltan mucho, llegan tarde, no preguntan, no están atentos a lo que haces con su hijo, lo que les propones se les olvida. Son señales de que el vínculo con el profesional no es bueno. Y si quieres ayudar a ese niño, tienes que poder darle la vuelta. Pero no sola.
Aquí el equipo es fundamental. Compartir el caso con la logopeda, con la terapeuta ocupacional, con la psicóloga, incluso con la trabajadora social. La suerte de trabajar en un centro público, en un equipo, es justamente esa: que puedes hacer este análisis, y que puedes situarte mucho mejor si tienes la formación y el acompañamiento adecuados.
Lo que no se va
Me gustaría decir que todo aquello quedó resuelto con los años. No es así.
Me gustan prácticamente todos los casos que atiendo. Pero hay un pequeño porcentaje, quizá un cinco por ciento, que me cuesta bastante. Y me duele que me cueste. Es doloroso darte cuenta.
Lo noto primero en el cuerpo. El día que me toca ese niño estoy más nerviosa. Lo llevo peor. Hay un cierto temor a que se me note. Algo no fluye, algo no me sale. Y yo estoy al cien por cien con ese niño y con esa familia. O por lo menos eso es lo que creo.
«Estoy al cien por cien con ese niño y con esa familia. O por lo menos eso es lo que creo.»
Suelen ser niños que lloran mucho, que de entrada no te aceptan, que no quieren entrar contigo y a los que te tienes que ganar. Con un niño que entra sonriendo, que se deja tocar y mover, que está contento de verte, todo es muchísimo más fácil. Ellos no tienen ninguna culpa de lo que me remueven a mí.
Y hay otros que me angustian especialmente: los niños de los que no sé muy bien qué les pasa, los que espero que evolucionen y no evolucionan. Ahí aparece una pregunta que da miedo. ¿Y si es algo mío? ¿Y si soy yo la que está frenando algo, porque no consigo transmitir tranquilidad, porque estoy inquieta?
No tengo la respuesta. Lo que sí sé es que no puedo dejar de hacerme esa pregunta. Y que no la tengo que contestar sola.
Una pregunta, no una conclusión
Yo me formé mucho para entender a los niños. Tardé bastante más en aprender a entender lo que los niños y sus familias me despertaban a mí.
Y lo que nos despiertan entra en la sala con nosotros, en cada sesión, lo sepamos o no.
Por eso termino con una pregunta, porque me interesa mucho saber cómo lo vivís los demás:
«¿Qué haces tú con los casos que te cuestan? ¿Te haces esa pregunta? ¿En tu equipo se puede hablar abiertamente de estos temas tan importantes?»