Cada mañana, cuando llega el momento de salir a buscar al siguiente niño y a su familia a la sala de espera, procuro detenerme unos segundos antes de abrir esa puerta.
Es un gesto muy sencillo. Pero para mí siempre ha sido importante.
Porque sé que, cuando la abra, no voy a encontrarme con un diagnóstico. No voy a encontrarme con una tortícolis, un retraso en el desarrollo o una enfermedad. Voy a encontrarme con una persona pequeña a la que le están pasando muchas cosas, y con una familia que lleva tiempo intentando comprenderlas.
Antes de pensar cómo voy a ayudarles, necesito saber quién es ese niño. Qué le gusta. Cómo se comunica. Qué le hace sonreír y qué le cuesta. Qué preocupa a sus padres, qué esperan de mí, y qué me está intentando contar a través de su cuerpo, de su movimiento, de su conducta o de su forma de relacionarse con el mundo.
Los informes son importantes. Los diagnósticos también. Pero nunca me han explicado quién es el niño que tengo delante. Eso solo puede descubrirse escuchando. Observando. Dejando que cada familia tenga el espacio necesario para contar su historia.
Hay otra cosa que también procuro recordarme en ese momento: ojalá esta familia sienta que ha tenido la suerte de encontrarse conmigo. No porque me considere mejor que nadie. Sino porque deseo estar a la altura del momento que están viviendo. Quiero que encuentren a alguien que los reciba con calma, que los escuche con atención, que sea sensible a su sufrimiento y que ponga toda su experiencia al servicio de comprender lo que le ocurre a su hijo.
Eso mismo les digo a mis alumnos cuando doy clase en la universidad. Porque trabajar con niños no consiste únicamente en adquirir conocimientos. Consiste también en cultivar una forma de estar delante de las personas: la capacidad de escuchar, la empatía, la paciencia, la humildad para reconocer que todavía no sabemos suficiente, y el deseo sincero de ayudar. Con los años he comprendido que esas cualidades no hacen mejor a un profesional. Son las que permiten que el conocimiento llegue realmente a quien lo necesita.
Desde 1989 he tenido el privilegio de trabajar con niños y sus familias en el CDIAP de Mollet del Vallès. También he compartido este camino con compañeros extraordinarios, de quienes he aprendido tanto como de los propios niños.
Y después de todos estos años, hay una convicción que no ha dejado de crecer: antes de intervenir hay que escuchar y observar para comprender; antes de tratar hay que entender; y antes de mirar un síntoma hay que mirar a la persona. Porque el cuerpo, el movimiento, la conducta y la expresión de un niño no son únicamente lo que vemos: son la manifestación visible de una historia, de una forma de adaptarse al mundo y de una realidad que merece ser comprendida.
"Las mejores intervenciones no empiezan cuando ponemos las manos sobre un niño. Empiezan cuando somos capaces de comprender quién es la persona que tenemos delante."
Este libro nace de esa convicción y del deseo de compartir lo que los niños y sus familias me han enseñado durante décadas. No pretende ofrecer respuestas para todo. Pretende invitar a mirar de otra manera.
Si, al terminar estas páginas, alguien entra en su próxima consulta con esa mirada, sentiré que todo lo que la vida me ha permitido aprender habrá encontrado un lugar donde seguir viviendo.