La pelota

Caso clínico

Una niña que llegó siendo muy pequeña. Casi dos años de tratamiento. Y una pregunta que nunca llegué a responder.

Le estaba explicando a su madre en qué fijarse.

Mira, cuando le tiras la pelota, lo importante no es que la coja. Es si te mira antes de cogerla. Y cuando tú se la pides, si te mira y te la devuelve. Y cuando se la vuelves a tirar, si te está esperando. O si te la está pidiendo.

Su madre me dijo que sí. Que eso lo hacía. Que en casa lo hacía.

Y allí, en la sala, con la pelota entre las dos, no ocurría.

Su madre se la tiraba y la niña la cogía. Hasta ahí, parecía un juego. Pero cuando su madre se la pedía —cuando decía su nombre, cuando extendía las manos y esperaba— la niña ya estaba en otra cosa. No es que se negara. Es que la petición le llegaba a destiempo, o no le llegaba.

Entonces su madre insistía. Y a veces la niña respondía dos o tres tiempos más tarde, cuando su madre ya había desistido y estaba mirando hacia otro lado.

Nunca se cerraba el círculo. Había una pelota yendo y viniendo, pero no había dos personas jugando.

Aquello no pasó una vez. Pasó durante meses, con muchas pelotas distintas.

«Había una pelota yendo y viniendo, pero no había dos personas jugando.»

Lo que parecía al principio

Llegó al centro siendo muy pequeña. Había sido prematura, con complicaciones en el nacimiento, y con la pregunta que en ese momento nadie puede contestar: qué va a quedar de todo aquello.

Aparentemente, poco. No había una afectación neurológica visible.

Con un bebé prematuro, lo primero que haces —y lo que hay que hacer— es dar tiempo. Adaptar las cosas, ajustar lo que esperas y esperar. Un bebé prematuro no va retrasado: va en otro calendario. Y muchas veces el calendario se recoloca solo.

Así que le di tiempo. Durante meses.

Lo que empezó a no encajar

Pero el tiempo pasaba y lo que yo veía no era un desarrollo más lento.

Lloraba muchísimo y era muy difícil establecer contacto con ella. No toleraba los cambios. Le costaban enormemente los cambios de postura. Era un bebé muy serio y muy esquivo: le buscabas la mirada de frente y no estaba. Con la alimentación y con las rutinas del día a día era extremadamente selectiva. Había hipertonía. Tardó mucho en sostener la cabeza, en darse la vuelta, en aceptar el boca abajo, en desplazarse, en ponerse de pie.

Cuando por fin caminó, caminó de puntillas. Pero eso, por sí solo, no habría sido lo importante. Lo importante era que caminaba sin rumbo: no se dirigía a un sitio concreto, ni iba a buscar un objeto que le interesara para hacer algo con él. Caminaba. Pero sin intención.

Un niño que va despacio va despacio en la misma dirección que los demás. Llega más tarde, pero llega por el mismo camino, y cuando llega se le reconoce el recorrido.

Lo que yo estaba viendo no era eso.

Buena parte de aquellos signos apuntaban a algo que conocemos bien y que muchos bebés prematuros presentan: una dificultad en la regulación. Un bebé desregulado no tolera bien los cambios, se desborda con facilidad, le cuesta pasar de un estado a otro. Y lo dice con el cuerpo todo el rato: en el llanto, en el tono, en cómo come, en cómo duerme, en cómo acepta que lo muevan.

Frente a eso hay trabajo que hacer, y sabemos cuál es. Buscar estrategias que le ayuden a regularse. Anticipar los cambios en lugar de imponerlos. Ir a su ritmo. Hacer solo lo que nos permita hacer, y no más. Abordar las rutinas una a una, para que las transiciones dejen de vivirse como una amenaza.

Eso lo hicimos. Durante mucho tiempo.

Pero había además cosas del desarrollo que no aparecían tarde: aparecían de otra manera, fuera del orden esperable, por un camino que no era el habitual. Y eso ya no lo explicaba la regulación.

Y esa distinción no venía en ningún informe, ni hay forma de resolverla del todo. Los niños pequeños no llegan con un manual debajo del brazo que explique por qué se comportan así, por qué su desarrollo ha ido de esta manera, en qué medida las circunstancias de su entorno lo han determinado, o al revés: en qué medida su propio desarrollo ha condicionado una forma peculiar de relacionarse con quienes lo rodean.

Lo que no sabía

Y aquí tengo que ser honesta con lo que este capítulo no va a resolver.

Yo no sabía por qué aquella niña estaba así.

Sabía que algo no iba como esperaba. Podía nombrar los signos uno a uno. Pero entre el punto de partida —una prematuridad con complicaciones— y lo que tenía delante había una distancia que no era capaz de explicar.

Y no era lo único que estaba pasando.

Faltaban mucho a las sesiones. Faltas justificadas, siempre: la niña se ponía enferma a menudo, surgían cosas, alguna vez se equivocaban de hora y venían el día que no tocaba. Hubo también una complicación médica seria que obligó a un ingreso. La familia se mostraba disponible, dispuesta, amable. Y aun así el tratamiento no se realizaba y, por lo tanto, no funcionaba.

Cuando ves poco a un niño es más difícil vincularte con él. Pero no era solo eso.

Había algo más, y era lo que más me preocupaba: para aquella familia, las dificultades que yo describía pasaban aquí. En mi despacho. En el centro. La niña que ellos conocían en casa era otra. Y cada vez que yo señalaba algo, ellos tenían una explicación que lo devolvía a la normalidad: estaba cansada, era muy sensible, no le gustaba el sitio, era llegar y ponerse a llorar.

Entiendo de dónde salía eso. Escuchar lo que yo les estaba diciendo era doloroso, y ellos tenían a su hija muy controlada en su propio entorno. No creo que estuvieran negando nada. Creo que veían otra cosa.

Pero el efecto era una distancia. Y una distancia con una familia me preocupa siempre, porque quiere decir que todavía no han depositado su confianza en mí. Y si no confían del todo en mí, tampoco me confían del todo a su hija.

Así que a la pregunta de qué le pasaba a aquella niña se le fueron sumando otras que tampoco tenían respuesta. ¿Cuánto de lo que veía era de ella? ¿Cuánto era de las ausencias? ¿Cuánto de que quizá yo no fuera la profesional con la que aquella familia iba a vincularse? ¿Cuánto del horario que les habíamos dado, del trabajo de los padres, del cansancio, de su situación?

No lo sé. Sigo sin saberlo hoy, con el caso ya derivado a otra profesional.

Lo que hice con lo que no sabía

Lo llevé al equipo. Varias veces.

Lo supervisé, lo llevé a sesión clínica, hablé de la niña y hablé también de lo que aquel caso me estaba despertando a mí. Eso es lo que se hace cuando un caso no avanza: no te quedas sola con él.

Y de aquellas conversaciones salió algo que era cierto y que dolía: esta familia no se ha vinculado con el servicio.

Cuando tus propios compañeros lo ven, y tú lo ves con ellos, tienes que gestionar algo más que el caso. Tienes que gestionar tus propios miedos y tus propias inseguridades. Qué está pasando, y qué te está pasando a ti, porque duele.

Cambié cosas. Me volví más flexible. Dejé de ser directiva con la niña, porque veía que sus padres no podían tolerarlo todavía. Ajusté lo que pedía, ajusté el ritmo, ajusté lo que decía en voz alta y lo que me guardaba.

Y fueron pasando las sesiones, y fueron pasando los meses, y la niña no mejoró.

Al contrario. A medida que crecía se veían más manías, más resistencias, más rechazo. Una niña cada vez más evitativa. Y eso no es fácil de sostener para nadie: ni para el profesional que tiene delante a una niña que no se vincula, ni para unos padres que están ahí sentados comprobando, sesión tras sesión, que el tratamiento no funcionaba.

Lo que sabía y no podía hacer

Llegó un momento en que aquello estuvo clínicamente claro.

Una vez la niña caminaba, y con todo lo que estábamos viendo, aquel ya no era un caso de fisioterapia. Y en psicomotricidad tampoco: era una niña escapista, que no se encontraba contigo en la relación de ninguna manera, que huía del contacto. Lo que necesitaba era que otra profesional, de otra disciplina, se hiciera cargo del caso. Lo valoramos en el equipo y estábamos todos de acuerdo.

Y no se pudo derivar.

Por la situación asistencial, por el desbordamiento de los profesionales, por las listas de espera. Esto ocurre con bastante frecuencia hoy en día, y no es un problema de un centro concreto: es la realidad del sector. Cuando el compañero que debería hacerse cargo de un caso está saturado, la derivación interna no se produce, por evidente que sea.

«Sabía lo que aquella niña necesitaba. Lo que faltaba era disponibilidad para dárselo.»

Y aquí está lo difícil. Aquel caso ya no me correspondía, pero no podía soltarlo, porque soltarlo habría sido dejar a una niña sin atención. Mi responsabilidad como profesional era sostenerlo hasta que hubiera disponibilidad para derivarlo. Aunque fuera más tiempo del que le correspondía al caso, y más tiempo del que me correspondía a mí.

Y ahí aparece algo de lo que no se habla casi nunca: estás deseando que otro profesional se haga cargo del caso. Que lo trate alguien con otra formación, que alguien lo mire desde otro sitio y pruebe lo que a ti ya no se te ocurre. Y te das cuenta de que no puede ser, de que no hay nadie disponible, y de que la única opción es seguir movilizando todas tus estrategias, tus herramientas y tus habilidades para conectar con una niña que no se deja.

Un mes lo sostienes. Varios meses es otra cosa. El último medio año fue el más duro de todo el caso, y no fue por la niña: fue por eso.

Lo que hice mientras tanto

Dejé la sala de fisioterapia. Dejé también la sala de psicomotricidad, que era demasiado grande y le daba demasiadas posibilidades de huir.

Nos fuimos a una sala multisensorial pequeña. Muy pequeña. Estaba su padre, estaba la niña y estaba yo, y no había ningún sitio al que escaparse.

Y dejé de proponer.

Esto es lo único que se me ocurrió y no sé si era lo mejor, pero fue lo que hice: en lugar de llevarle una propuesta —que ella no aceptaba— nos añadimos su padre y yo a lo que a ella le interesaba. Durante bastantes sesiones, lo que le interesaba fue meter y sacar. Meter objetos dentro de un recipiente y volverlos a sacar. Y otra vez. Y otra vez.

Había también una pecera que le gustaba mirar, y le cantábamos. Trabajo sensorial, trabajo manipulativo, canciones, y permiso para moverse: se iba, volvía, se iba, volvía.

Poco a poco empezó a haber algo. Más contacto visual. Más reconocimiento. Más aceptación.

No lo cuento como un hallazgo. Lo cuento porque es lo que acabas haciendo cuando no puedes derivar: mirar más hacia dentro. Piensas estrategias nuevas sin ninguna garantía de que vayan a funcionar, las pruebas, introduces cambios, esperas, das tiempo, y vuelves a rectificar. Y otra vez.

Porque en casos así lo que funcionó la sesión pasada hoy no funciona. Y es justamente así, probando y equivocándote, como vas conociendo a una niña: sus preferencias, lo que tolera, lo que le da miedo, dónde están sus líneas rojas.

A veces todo depende de si ha dormido. O de si se encuentra mal por algo que ni sus padres saben. O de que se haya asustado con algo que ha visto y que tú no has llegado a ver.

Lo que lo cambió, y no lo hice yo

La niña entró en la escuela infantil.

Y aquello, que no tenía nada que ver conmigo ni con mi despacho, fue lo que movió el caso.

Para ella fue una situación de mucho estrés: pasar de su entorno familiar a un sitio nuevo, con otros niños que lloran y que chillan, y no poder adaptarse. Para sus padres fue la primera vez que tuvieron delante algo que yo nunca les pude dar: un punto de comparación. Otros niños de su edad, en el mismo sitio, haciendo cosas que su hija no hacía.

Ahí empezaron a conectarse los puntos.

Además ocurrió algo importante desde el equipo: la psicóloga que acude a las escuelas infantiles conoció a la niña allí. Le hablaron de ella, la vio en aquel contexto, y trabajamos juntas con las maestras para ajustar la adaptación — reducir el horario, permitir que el padre estuviera presente al principio, cambiar la manera de acercarse a ella para que no se angustiara tanto.

Y los padres lo sabían. Sabían que había alguien de nuestro equipo yendo a la escuela, viendo a su hija fuera de mi despacho y ayudando a sus maestras.

A partir de ahí fue distinto. Empezaron a confiar. No porque yo se lo pidiera, sino porque lo que yo llevaba tiempo describiendo estaba apareciendo también en otro sitio, delante de otras personas.

Y cuando la psicóloga entró por fin en nuestras sesiones, pude explicar delante de ella todas las dificultades que teníamos su madre y yo para entender lo mismo sobre la misma niña.

Lo que ella nos devolvió es la frase que me llevo de todo este caso:

«Lo que ve un profesional, la familia no siempre puede verlo todavía. Y mientras no veamos lo mismo, cada uno está ayudando a una niña distinta.»

Eso fue un antes y un después. No porque nadie tuviera razón, sino porque a partir de ahí empezamos a hablar el mismo idioma. Ya no era que la niña estuviera bien en casa y mal conmigo. Era que la niña era difícil también en casa — y que sus padres, con el tiempo, habían aprendido a manejarla tan bien que ya no lo veían como una dificultad.

El traspaso

El caso se derivó por fin. Y lo que quiero contar de esa parte no es que se consiguiera, sino cómo se hizo, porque me parece lo más aprovechable de todo esto.

No se puede dejar de atender a un niño y que lo coja otro sin más.

Durante tres meses hicimos un traspaso progresivo. La psicóloga fue viendo a los padres. Yo seguí sosteniendo a la niña en la sala multisensorial, con un trabajo sensorial y relacional básico. Y el acompañamiento a la familia durante esos meses fue exactamente igual de importante que el trabajo con la niña, porque una derivación interna que se hace de golpe no es una derivación: es un abandono con otro nombre.

Lo que hizo que este traspaso funcionara
  • Que la familia conociera a la nueva profesional antes de que el cambio ocurriera, y en presencia de la anterior.
  • Que hubiera un solapamiento real de varios meses, no una sesión de despedida.
  • Que ambas profesionales pudiéramos decir en voz alta, delante de la familia, en qué no coincidíamos al mirar a la misma niña.
  • Que no se interrumpiera la atención mientras se preparaba el cambio.
  • Que la familia entendiera que no la estaban derivando porque el caso fuera un fracaso, sino porque necesitaba otra mirada.

Hoy ya no la veo. Tiene otra profesional de referencia, que es quien la acompañará durante esta etapa. Físicamente no tiene ningún problema; lo relacional, que es lo importante ahora, lo lleva ella directamente.

Lo que me llevo

No lo llamaría un fracaso. Se hizo un gran esfuerzo, pasaron cosas y la niña avanzó, aunque avanzara despacio y aunque avanzara por caminos que yo no había previsto.

Pero sí me llevo algo, y es incómodo de decir en voz alta.

Cuando un profesional se hace cargo de un niño cuya sintomatología excede su especialización, aparece un sentimiento de desbordamiento y de incapacidad que hay que poder sostener. Y cuando eso ocurre no por lo que el niño necesita en ese momento, sino porque no hay disponibilidad para derivarlo, ese sentimiento deja de ser una parte normal del trabajo clínico y se convierte en otra cosa.

Yo pude sostenerlo. Pero no lo sostuve sola, y creo que ahí está lo único que puedo ofrecer como conclusión: lo sostuve porque pude hablar del caso, explicar qué hacía y cómo lo hacía, recibir estrategias de compañeros de otras disciplinas, probar cosas nuevas y orientar la intervención para que la niña no se desbordara. Y porque, mientras tanto, alguien pudo ocuparse de acompañar a la familia.

Sin el equipo, sin la supervisión y sin las sesiones clínicas, mantener un caso así durante tantos meses con esa sensación de impotencia habría sido casi imposible.

Esto no lo resuelve todo. Que un equipo te sostenga no arregla que no haya plazas, ni acorta las listas de espera, ni hace que la derivación llegue cuando tiene que llegar. Solo hace que se pueda aguantar mientras tanto.

Y por eso termino este capítulo con una pregunta de verdad, no con una conclusión. Porque no la tengo resuelta y me interesa mucho saber cómo lo hacéis los demás:

«Cuando no puedes derivar un caso porque el profesional que debería hacerse cargo de él está saturado, ¿cómo lo resolvéis? ¿Qué hacéis tú y tu equipo mientras tanto?»