Un niño que no se sienta

Una escena que se repite

Un niño de 10 meses que todavía no se mantiene sentado. Otro de 17 meses que todavía no se suelta a caminar.

Los valoro como me enseñaron: tono, alineación, control de la cabeza y del tronco, reacciones de equilibrio, fuerza, cambios de postura.

Me pregunto qué está pasando con su movimiento y con su cuerpo. Qué puedo hacer para ayudarle. Busco signos que puedan explicar lo que estoy viendo.

Y no encuentro nada que lo explique.

Puede haber una hipotonía leve. Puede haber alguna dificultad concreta. Pero lo que encuentro no parece suficiente para explicar aquello que el niño no está haciendo.

Y ahí empieza mi incomodidad.

Porque como fisioterapeuta sé mirar el movimiento. Sé observar una postura, un tono, un patrón, una reacción. Sé preguntarme qué puedo hacer para facilitar una adquisición motriz.

Pero ¿qué hago cuando mi valoración no me permite comprender por qué ese niño no avanza?

Yo, al principio, me quedaba sin hipótesis.

Y ahora sé que el problema no era que me faltara una técnica. Me faltaban preguntas.

Cuando mi mirada empezó a quedarse corta

Siendo muy joven ya había sentido algo parecido, y lo conté en el capítulo anterior: algunas de mis intervenciones no funcionaban como esperaba y yo necesitaba entender qué estaba pasando.

Por eso, a mediados de los noventa, hice el postgrado de Práctica Psicomotriz con Bernard Aucouturier.

No fui buscando una técnica más para añadir a mi caja de herramientas. Fui buscando otra manera de estar y de mirar a los niños.

Y hubo una parte de aquella formación que me cambió especialmente: la parte vivenciada.

Nos proponían experiencias, jugábamos, construíamos, hablábamos, nos observábamos. Después teníamos que poner palabras a lo que habíamos sentido.

Y aquello me obligó a mirar algo que hasta entonces no había mirado suficientemente: a mí misma.

Descubrí que muchas de las cosas que hacemos tienen una historia detrás. Por qué reaccionamos como reaccionamos. Por qué algo nos incomoda. Por qué insistimos. Por qué dejamos de insistir. Por qué esperamos de una persona una determinada respuesta.

Y entendí algo que se me quedó grabado:

«Lo mío está implícito en todo lo que hago.»

Y entonces empecé a mirar a los niños de otra manera

Si yo puedo estar reaccionando desde mi propia historia sin darme cuenta, el niño que tengo delante también está llegando a la sesión con la suya.

Pero eso no significa que yo sepa cuál es.

Y aquí hice una distinción que para mí se volvió fundamental: lo que observo es un dato. Lo que creo que puede significar es una hipótesis. Y una hipótesis no es una verdad.

Tengo que contrastarla. Con el niño. Con su familia. Con el equipo. Con el tiempo.

Eso cambió mi manera de mirar. Cuando un niño no quiere estar en el suelo, ya no me quedo únicamente en por qué no consigue hacerlo.

Las preguntas que añadí
  • ¿Qué ocurre cuando está en el suelo? ¿Qué hace? ¿Qué busca? ¿Qué evita?
  • ¿Cómo explora?
  • ¿Cómo se relaciona con el espacio, con los objetos y con las personas?
  • ¿Qué ocurre cuando su madre o su padre están cerca? ¿Y cuando se alejan?
  • ¿Qué me genera a mí este niño?

La última no es para convertir lo que yo siento en una explicación. Es para reconocer que yo también formo parte de esa relación.

Observar y escuchar antes de hacer

Cuando no entiendo lo que veo, me hago preguntas nuevas. Pero antes que las preguntas está otra cosa, y es la que más ha cambiado mi manera de trabajar: el tiempo que dedico a observar.

Observo más de lo que hago. Muchas veces la respuesta está justo ahí, en lo que el niño hace cuando yo todavía no he intervenido.

Y mientras observo, pregunto y escucho. A la familia y al niño. Así voy entendiendo más cosas. Después ya podemos hacer.

«Si me pongo a hacer antes de observar, puedo estar tapando yo misma lo que de verdad está pasando.»

Porque si intervengo enseguida, lo que veo ya no es lo que ese niño hace: es lo que hace con lo que yo le he propuesto. Y eso me puede esconder lo importante.

Por eso me doy tiempo antes de decidir qué le está pasando a ese niño y a su familia. Ese tiempo no es tiempo perdido. Es lo que después me permite ajustar mejor lo que hago.

La psicomotricidad no sustituyó a la fisioterapia

Esto quiero dejarlo especialmente claro para los fisioterapeutas.

La psicomotricidad no hizo que dejara de mirar como fisioterapeuta. Se sumó.

Sigo mirando el tono, la postura, el equilibrio, la fuerza, los patrones de movimiento. Sigo preguntándome qué puedo hacer para ayudar al niño desde la fisioterapia. Y sigo teniendo presente que puede existir una causa orgánica que todavía no hemos identificado.

Pero ahora puedo hacer algo más:

«Puedo mirar el movimiento sin quedarme únicamente en el movimiento.»

Puedo mirar el cuerpo sin separar ese cuerpo del niño. Y puedo escuchar a su familia intentando comprender no solo qué hacen, sino también qué están viviendo.

Volvamos al niño que no se sienta

El niño de 10 meses. Lo sigo valorando como fisioterapeuta. No encuentro una explicación suficiente desde esa primera mirada.

Pero ya no me quedo sin hipótesis.

Observo cómo está cuando lo siento. Qué hace cuando pierde el equilibrio. Qué ocurre cuando algo le interesa. Si hay miedo. Si hay deseo de explorar. Qué pasa cuando su madre está cerca.

Pregunto cómo son sus días. Dónde pasa el tiempo. Qué ocurre cuando llora. Qué oportunidades tiene para moverse.

Y me pregunto también qué está pasando entre nosotros durante la sesión.

No siempre acierto. A veces la hipótesis que parecía más clara no era la buena. Pero ahora tengo más lugares desde los que mirar.

Y quizá ese ha sido uno de los aprendizajes más importantes de mi recorrido profesional:

«Cuando mi primera mirada no me da la respuesta, no siempre necesito buscar otra respuesta. A veces necesito hacerme otra pregunta.»

Con esa mirada quiero contar, en los próximos capítulos, cómo veo yo los grandes hitos del desarrollo. Qué pasa con el tiempo boca abajo. Qué pasa cuando un niño no manipula. Cuando no se desplaza. Cuando no se sienta.

No como una lista de lo que un niño debería hacer a cada edad, sino como lo que miro, pregunto y escucho cuando alguno de esos hitos no llega.

El primero será el tiempo boca abajo.

La pregunta que os dejo

Cuando un niño no avanza como esperáis y vuestra primera valoración no os permite comprender qué está pasando:

«¿Qué otras preguntas os hacéis? ¿Qué os ayuda a construir la siguiente hipótesis?»

Me interesa de verdad conocer cómo lo vivís y cómo lo abordáis.